inicio 1922-2000
     
 

BREVEDAD*

 

Amado Nervo**

 

Es bien sabida la historia de aquel califa de Bagdad que, deseoso de instruirse y no pudiendo llevar consigo en sus frecuentes viajes toda su biblioteca, pidió a los sabios de su reino que le condensasen hábilmente la ciencia de la humanidad, en número tal de volúmenes que pudiesen cargarlos diez camellos.
MMLos sabios pusiéronse a la obra, y después de ímprobos trabajos lograron su propósito. El califa pudo en adelante pasear toda su biblioteca por los ámbitos de su vasto reino. Los diez camellos seguíanle siempre, acompasados, llevando su carga de gruesos volúmenes.
MMPero los camellos eran muchos y la biblioteca ambulante resultaba demasiado copiosa. El califa hizo convocar de nuevo a los sabios.
MM—Quiero —dijo— que me condenséis todos estos volúmenes en la décima parte de ellos, a fin de que un solo camello, que me siga por dondequiera, lleve a cuestas toda la sabiduría del orbe, y pueda yo consultarla donde me plazca.
MMLos ancianos doctos del reino pusiéronse otra vez a la obra, y después de luengos y concienzudos trabajos, del más paciente benedictinismo, lograron el propósito del monarca.
MMUn solo camello, en adelante, llevó por dondequiera la biblioteca del califa.
MMA veces, muy frecuentemente, cuando la pomposa comitiva sesteaba a la sombra de los grandes árboles, el califa pedía su camello y tomaba de él los volúmenes que le placía para leer, comentando con los más avisados de su numeroso cortejo la sabrosa o profunda doctrina, la gracia más o menos frívola, la descripción más o menos pintoresca.
MMMas, ¡ay!, un camello cargado de libros era aún demasiado, y el real capricho ansió algo mejor: ansió que en un solo libro los sabios de su reino condensasen toda la ciencia del planeta.
MMNo hay para qué ponderar el trabajo enorme de los níveos eruditos septuagenarios..., ¡pero quién iba a negarse al deseo del califa!
MMDespués de larguísimos desvelos, un libro estupendo (no diré que poco voluminoso), cuyas páginas eran de la más fina vitela, contenía el extracto de cuanto los hombres habían pensado, visto y sentido.
MM¡Cuál no fue la alegría del califa! ¡No más reata, no más rosario de camellos! ¡El precioso libro, envuelto en damasco rojo, iba fijado por correas al propio arzón de su caballo árabe!
MMA cada paso, el monarca tomaba su libro entre las largas y afiladas manos de marfil, y leía con fruición las viejas sentencias de los grandes sabios, los admirables himnos religiosos con que los nobles espíritus supieron, en el comienzo de la historia, loar a la divinidad: las observaciones de los hombres pacientes que descubrieron con tesón los secretos de la naturaleza...
MMMas sucedió (ya os lo imaginaréis) que después de sobar y resobar el libro, nuestro califa encontró que aún era harto voluminoso y pesado..., y ocurriósele pedir a los sabios de su reino un milagro: que hiciesen labrar, en la gran esmeralda de una sortija, la más bella piedra que hubo jamás en el tesoro de un rey, una sentencia, una sola, que condensase toda la sabiduría humana...
MMImaginaos la estupefacción de los sabios. Aquello era peor que el famoso cordero de Salomón, condensado en una píldora...
MMSe cuenta que un año entero estuvieron meditando los blancos ancianos, y meditando estarían aún si el califa no hubiese enviado a decirles que, como no le entregaran la sentencia a su lapidario antes de la luna de abril (era la luna de marzo), haría con sus doctas cabezas calvas el más completo y sustancioso racimo que se hubiese visto en sus reinos...
MMAntes, pues, de la luna de abril, el lapidario real tenía en su poder la sentencia; antes de la luna de mayo, con los más finos y bellos caracteres, en la enigmática superficie verde de la gran esmeralda estaba grabada (pongo por caso, pues que la historia no ha dilucidado aún bien este asunto) la siguiente sentencia fulgurante y eterna: “Alá es grande. Ámale sobre todas las cosas... ¡Y no te fíes de las mujeres!”.

He recordado esta peregrina historia, que viene muy de lejos y se refiere de muchas maneras, el otro día, a propósito de un elogio que me dirigió un amigo, elogio que ya debí antes a la amabilidad de Rubén Darío:
MM—A usted —me decía mi amigo— se le lee siempre con gusto, porque es breve.
MMCuando publiqué mi primera novela, El bachiller, un crítico de México, tras algunos juicios poco satisfactorios, concluía así:
MM“Por lo demás, la novela es breve... como el ingenio que la produjo.”
MMY he perseverado en esta brevedad, en esta homeopatía intelectual, hasta hoy. Una novela mía se lee siempre en media hora, a lo sumo, y puedo decir, como Bécquer para tranquilizar a la gentil amiga suya, a quien ofrecía dedicar un libro: “No temas, un libro mío no puede ser largo...”.
MM¿Es un mérito la brevedad?
MMCuando, como en mi caso, poco bueno se puede decir, sin duda alguna; cuando hay en el cerebro abundancia de noticias jugosas para ilustrar y edificar a los humanos, claro que no; pero sucede que, aun estando poblado un cerebro de lo mejor, la humanidad va tan de prisa, está tan atareada, que cada día permite menos fertilidad a la erudición y menos desarrollo a la literatura.
MMDijo Balmes que un genio es una fábrica, y un erudito, un almacén.
MMNo cabe duda de que los almacenes son de primera necesidad; pero no hay tiempo de hacer inventario de sus existencias. Problemas formidables solicitan al hombre y a la mujer en el mundo moderno. Ni en la más apartada provincia se puede ya dedicar una vida al benedictinismo, y quien quiera decir algo útil, algo bello, algo noble, algo consolador a sus hermanos ha de decírselo brevemente.
MMCuando los sabios del porvenir, ante el niágara actual de los libros impresos, hagan por mandato del Estado la labor tremenda que el califa de Bagdad confió a sus temblorosos ancianos, ¿qué quedará de las diversas literaturas y filosofías para los escolares nerviosos, ágiles y atareados del tiempo futuro?
MMSin duda alguna hermosos libros breves, en que, como centellas, fulguran los pensamientos de los grandes hombres. Síntesis admirables de lo que soñaron y reflexionaron las razas...
MMYa vemos que de lo que contienen los libros geniales no se ha hecho pensamiento de todos los pensamientos, no ha formado el espíritu de los demás, sino lo esencial.
MMDe Shakespeare, la humanidad sabe diez o veinte sentencias y pensamientos. Los eruditos saben lo demás; el almacén de que habló Balmes está repleto..., pero la humanidad no lo visita, y vive con la sustancia de lo que el gran genio inglés dio al mundo.
MMPor él sabemos que “estamos hechos de la propia sustancia de nuestros sueños”. “We are such stuff as dreams are made on, and our life rounded with a sleep.”
MMPor él sabemos que “ser o no ser es el gran problema”.
MMPor él sabemos que “hay más cosas en los cielos y en la tierra de las que entiende nuestra filosofía”.
MMPor él sabemos que “la vida es el sueño de una sombra errante...”.
MMY aun cuando no supiéramos sino estas cosas, y unas cuantas más, aun cuando no hubiésemos leído sus treinta y cuatro plays, sus poemas, sus sonetos, su Passionate Pilgrim, esos pensamientos, al par hondos y fulgurantes, merecerían que el Titán hubiese existido, y la humanidad que los ha asimilado a la propia esencia del alma humana tendría eternamente que agradecérselos.
MM¿Qué sabe la gente del Evangelio?
MMFuera de los predicadores y de algunos eruditos, bien pocas sentencias.
MMMuchas de ellas se repiten ignorándose de dónde vienen.
MMPero basta con las que van de boca en boca, de padres a hijos, para que la figura de Jesús aparezca en toda su dulce divinidad.
MMCon unas cuantas desoladas frases del Eclesiástico, con unos cuantos versículos de los Salmos, con unas cuantas palabras de amor del Cantar de los cantares, con unas cuantas quejas inmortales de Job, nos bastaría asimismo para la peregrinación por el mundo, y la Biblia merecería por ello haberse escrito y haber sido el oráculo de los hombres.
MMUna página misteriosa del Bhagavad-gita, tomada de los diálogos de Krishna y Arjuna, unas cuantas parábolas búdicas, unas breves definiciones de los Upanishad, justificarían asimismo la vida religiosa, la alteza moral de la inmensa y pensativa India...
MMY así de todo, y así de todos...
MMPocas perlas se salvarán del gran collar, ¡pero cuantísimo oriente mostrarán esas perlas!
MMEl tesoro filosófico y literario de la humanidad estará un día en las manos de todos los niños de quince años, ya meditabundos, ya blandamente reflexivos, con los ojos ya llenos de oceánico ensueño y el saber cósmico de las razas.
MMDe suerte que, amigos míos, los que sabemos poco, los que podemos decir poco, alegrémonos, regocijémonos de haberlo dicho con una concisión fuerte y piadosa al propio tiempo, con aquella concisión que el perfecto Flaubert, de sobriedades numismáticas, exigía al frondoso Maupassant joven.
MMFustel de Coulanges decía que diez años, cuando menos, de análisis deben preceder a un fin de síntesis.
MMPero ha de llegar para la humanidad, después no de diez, sino de diez mil años de análisis, el día maravilloso y diamantino de la síntesis total.
MMEntonces, nuestro pequeño pensar, nuestro mínimo sentir radiará como una chispita clara y cordial en el resplandor formidable de las conclusiones definitivas...; porque lo poco que dijimos lo dijimos con mucha humildad y, sobre todo, con mucho, con muchísimo amor...; porque fuimos sinceros al decirlo, y añadimos así nuestra visión límpida del mundo a la visión prodigiosa de la conciencia eterna.
MMNuestro espíritu asimismo, en los planos superiores donde acierte a morar tras incesantes esfuerzos, sonreirá (los espíritus también saben sonreír, y aun añadiría que es una de sus más delicadas prerrogativas), sonreirá, pensando que ahorró a muchos compiladores el trabajo de condensar sus obras.
MMTodo lo que pensó y sintió en sus largas peregrinaciones podrá estar grabado en la esmeralda de una sortija...
MMSi es cierto que no hay comedia, tragedia o drama que no pueda desarrollarse mucho mejor de lo que lo está en un solo acto, ni libro que no pueda caber en un capítulo (y eso tratándose de las grandes obras), nos complacerá sobremanera, ¿verdad, amigos míos?, pensar que nosotros, previsores, nos contentamos con escribir un solo acto.
MMHabremos sido como esos cocuyos de mi tierra, que fulguran misteriosamente en la noche, con fosfórea y furtiva luz, y a quienes no siempre el caminante puede seguir con la vista.
MMBrillaron un instante y pasaron; mas el trémulo relámpago de oro bastó al viajero para ver la bifurcación del camino, ¡y ya no se perdió en medio de la noche!