inicio 1922-2000
     
 

FELISBERTO HERNÁNDEZ

 

 

La vigencia de un autor en el espacio virtual es indicio de que los lectores contemporáneos actualizan su obra, ponen a disposición sus lecturas y le otorgan relevancia para el presente. La existencia hipertextual de Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), del “pianista de las palabras”, según la afortunada expresión de Walter Dicona, se sostiene mediante las páginas que dan noticias sobre los eventos actuales generados en torno al autor uruguayo o las polémicas causadas por la reedición de su obra.
MMDebido a la profusión de esbozos y cronologías, se pueden limitar las referencias biográficas a unos datos básicos: su actividad como escritor y músico se desarrolló sobre todo en la región rioplatense, en su ciudad natal y parcialmente en la capital vecina, Buenos Aires. Como muchos escritores latinoamericanos en busca de la mítica ciudad luz, conoció París durante una estancia de dos años, donde, a decir de Julio Cortázar, “probablemente no vio a nadie”. Un detalle curioso de su vida relaciona al autor con el contexto geopolítico de la Guerra fría, pues contrajo matrimonio con la española África las Heras, una agente de espionaje de la URSS, hecho que desconoció el escritor uruguayo, como relata Alicia Dujovne Ortiz.
MMUn trasfondo biográfico para comprender sus relatos es el constante interés por los estados límite de la mente, manifiesto en su amistad con el director del hospital psiquiátrico Vilardebó, Alfredo Cáceres, o en 1944 su incorporación al Círculo de Estudios Psicológicos dirigido por el psiquiatra polaco Doctor Radeck.
MMDada la aparente tendencia autobiográfica de algunos relatos, un lugar común de la crítica sobre Felisberto Hernández es buscar indiscriminadamente la identidad del “autor-personaje” con el “autor-creador”, que refleja sus propias vivencias en los personajes excéntricos, infantiles, ingenuos y perversos. En oposición a ello, argumenta Mario Riva Cortés, el autor-creador genera los personajes como “otros” en la ficción, desarticulados de la persona real y desde una perspectiva de un observador exterior que procura representarse en la obra como persona ajena.
MMLa escritura innovadora del autor de “El caballo perdido” (1943), “Las hortensias” (1949), “La casa inundada” (1960) y “El cocodrilo” (1962) lo convierte en una figura controvertida entre los críticos, como reconstruye Claudio Paolini: Emir Rodríguez Monegal sanciona los supuestos descuidos estilísticos, reprueba la debilidad de las descripciones y tacha su humor de poca gracia. Ángel Rama, en cambio, subraya la originalidad del autor y su papel clave en la renovación de la novelística. La resistencia de su obra a las clasificaciones sencillas la señala Italo Calvino: “Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un ‘francotirador’ que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas”. Clasificar al autor se volvió un tópico de la crítica, razón por la cual Ruben Tani y María Gracia Núñez dedican un estudio pormenorizado acerca de los componentes de su escritura.
MMLa bibliografía sobre el autor es amplia, la Fundación Felisberto Hernández reúne algunas apreciaciones críticas descargables. Entre otros aspectos, la discusión reciente de su obra se ha dado en torno a una escritura que vincula lo corpóreo con lo imaginario y transfigura el deseo en los objetos. Guillermo García apunta que Hernández comparte la preocupación de la literatura fantástica del siglo XX por la inestabilidad del lenguaje y la escisión del sujeto. La subjetividad de sus narradores que bordean con la “locura” es un rasgo que le adscribe el fichero de entrada del Centro Virtual Cervantes:

Fundador de una singular epistemología literaria, este narrador fantástico explora la subjetividad en busca de extrañas realidades, que sólo son posibles por la existencia del yo que las inventa. Considerado como un “narrador ingenuo”, Hernández construye y deconstruye una subjetividad fantástica que cuestiona a fondo los conceptos de tiempo y espacio. El autor inventa mundos que se perciben desde el extrañamiento del sujeto y en el que personas, animales y cosas interactúan en la misma dimensión vital del misterio, a la vez que constituyen una amenaza.


Si bien estos aspectos sirven para clasificar su obra como fantástica, en “Las hortensias”, Ana María Morales pone en tela de juicio la pertinencia de la producción del autor dentro de este subgénero narrativo. La investigadora alega que la mayoría de su producción se desarrolla en un marco realista, modo discursivo que no está desestabilizado por la intrusión de lo fantástico sino que los elementos extraños se asimilan como naturales en la subjetividad de los personajes. De este modo, algunos de sus cuentos oponen dos órdenes de realidad irreconciliables: la realidad delirante de un sujeto, sus fantasías, mismas que se apoderan del mundo realista para transformarlo. En el mismo sentido, Julio Cortázar en su prólogo a los cuentos de Felisberto Hernández, cuestiona “la etiqueta ‘fantástica’ ” y defiende la influencia del surrealismo pictórico en el autor en términos de un “enriquecimiento de la realidad total”.