inicio 1922-2000
     
 

MI PRIMER LIBRO

 

Federico Gamboa**

 

 

La intención de escribir un libro me vino mucho tiempo antes que mi nombramiento de secretario de legación; me vino a raíz del éxito de La señorita Inocencia, durante una enfermedad que me hizo guardar cama cerca de dos meses. Y me vino por ambicioso; porque no me conformaba con fabricar revistas semanales para un diario, revistas que podían darse de santos con vivir sólo un día; porque los aplausos que recogí con mi traducción no me fueron bastantes, precisamente a causa de que me colocaban de traductor, bueno o malo, pero siempre de “traductor”. Quería algo más; hacer algo mío de los pies a la cabeza, así me saliera un engendro o un aborto. Ser “autor” pésimo parecíame preferible a ser “traductor” notabilísimo, y sigue pareciéndomelo. Por varios meses anduve con un libro informe dentro de mi cabeza, que me amargaba diversiones y paseos, que me obligaba a huir de amigos y visitas. Él me pedía salida y yo no podía dársela, no sabía cómo se hacían esas cosas; era yo un “primerizo” ignorante y pusilánime. Debía estar imposibilitado para empresas de tal altura, y recordé mi fiasco en El Diario del Hogar cuando Filomeno Mata se empeñó en que escribiera yo historietas o cuentos para los números literarios de los domingos. Me resultó una monstruosidad que por todas partes mostró su trama mentirosa y burda; quedó demostrado que carecía yo de inventiva, que nunca llenaría un folletín con maniquíes sacados de mi fantasía.
MMSin embargo, era la novela la que me atraía y la que se defendía de mis merodeos; testigos: bastantes cuartillas manuscritas y despedazadas, allá en mi elevado cuarto de Iturbide, porque no me satisfacían. Volví la cara a nuestros novelistas ya consagrados, en busca de rumbos y derroteros; no me remonté mucho, me quedé con los novelistas de ayer y ningún rumbo me dieron. Llenan una librería, han escrito mucho, mas lo mucho que han escrito, fuera de una que otra página llamada a perdurable vida, antojóseme empolvado, con telarañas casi y con pequeños resabios de los novelistas españoles anteriores a Alarcón, Pérez Galdós y Pereda. No eran de mi época; hablaban a la manera de los conocidos viejos de mi casa, los que con mis padres lamentaban el desaparecimiento de tiempos mejores y marchitos. Del grupo, y escarbando bien, caíame de cuando en cuando un brillante como: Una rosa y un harapo del viejo Ramírez, obra interesante y romántica, que interesa más todavía al que cual yo ha conocido a su autor —muerto hace poco— en su decadencia desconsoladora y prolongada; en su odisea diaria al través de las redacciones; tuteándonos a todos, ancianos y mozos; aquí, dando hermosura a un periodo mal nacido; allá, proponiendo en venta una pipa usada, un lapicero de metal; y arrastrando por calles y cafés su bastón nudoso y sus piernas de valetudinario, encorvado el cuerpo, el bigote, amarillento por el cigarro, a medio caer los anteojos, las canas de la cabeza escapándosele debajo del sombrero, como copos de nieve, personificación perfecta de lo que era: una víctima de la pluma y un vencido de la vida.
MMY fue un contemporáneo, Emilio Rabasa, quien con sus novelas recién publicadas me dio sin saberlo la solución que yo necesitaba para aventurar mis tentativas. No pintaba la luna, ni aventuras extraordinarias, ni amores inverosímiles, sino que pintaba sucesos y personas que nos eran conocidísimos, que nos sabíamos de memoria; y sacó a luz nuestros pueblos, nuestra capital; no se sonrojó de hablar de calles como la del Puente de Monzón, ni de nuestras casas de huéspedes; mas lo hizo con tal arte y con tal verdad de colorido, que yo me dije:
MM“Si el arte te falta, adquiérelo; pero ya tienes ahí el secreto. Pinta y habla acerca de lo que veas y de lo que hayas visto; ésa es la novela que buscabas, la que siempre interesa y la que siempre vive.”
MMMe asomé entonces a mi humilde paleta, había colores. Juventud pobre; dos años en un juzgado de lo civil y dos en uno de lo criminal, es decir, de un lado la sociedad culta, la que gasta carruaje y se confiesa, va al club, al teatro, a los bailes, y en sus litigios judiciales pone al desnudo reconditeces asquerosas; y del otro lado, los pobres, los viciosos, los que roban en las casas y los que matan donde pueden; todo un mundo. Unido a esto, mi temperamento de amoroso y de neurótico, mi práctica de periodista, alguna observación, algunas espinas de los senderos de mi existencia: ¡podía pintar!
MMY encontrada la vía, sobraban los viajeros, al alcance de la mano, sin más trabajo que el de selección. En el primer momento no sabía por cuáles decidirme; estaba yo como los chiquillos que van a una juguetería y quisieran llevarse todos los juguetes, éste por una cosa, aquél por otra. El título llegó por sí mismo, Del natural; le añadí lo de “esbozos” porque no me sentía con fuerzas para un cuadro; ya vendría él si el público lo permitía. Y sin saber de teorías ni escuelas dominantes o de moda, sin consultas, censuras ni ayudas, con la secreta convicción de que estaba en lo justo y secretos deseos de arribar a lo bello, me lancé a escribir a la buena de Dios esa obra mía que es la más espontánea y consiguientemente la menos trabajada.
MMEl prólogo y unas dos hojas del primer esbozo, “El mechero de gas”, los concluí antes de partir para Guatemala. Que el argumento es cierto y ciertísimo lo comprueba el que muchos lectores mexicanos hayan reconocido a los protagonistas por más que procuré disfrazarlos con lo mejorcito que poseía yo en mi guardarropa. Claro que el hecho no acaeció cual yo lo cuento, pero el fondo es el mismo. Conocí a la señora en el teatro, cuando nada aún se susurraba; a su marido jamás le he hablado; de intento no quise que nos presentaran para retratarlo a mis anchas sin que se me tache de desleal o de indiscreto; y el día en que supe que se habían marchado a vivir a uno de nuestros estados fronterizos —donde lo supongo todavía, ya maduro y con vástagos— en compañía de su esposa, después de una reconciliación que se ha de haber verificado en el seno de la familia, sin que se enteren los curiosos y por disminuir el escándalo, me alegré por la pobre mujer. No, aquella mujer no delinquió por vicio ni por curiosidad malsana; sucumbió porque la empujaron, como sucumbe el 50 por ciento de las adúlteras en nuestra América española, principalmente, donde el adulterio es planta exótica, aunque por ley fatal comience a adornar algunos boudoirs femeninos de distintas categorías sociales.
MMConforme avanzaba yo en mi esbozo más incongruente me parecía su título; primero, porque en México son pocas las casas con alumbrado de gas; sólo se mira en los teatros, en las calles, en los cafés, en el comercio, en las moradas de los ricos y en los templos protestantes; y segundo, porque aún suponiendo con gas una casa de alquiler, ¿de qué diablos iba a servirme para mi asunto?, ¿cómo un mechero de gas figuraría por decorosa manera en tan resbaladiza historia? Suprimirlo me causaba pena, pues en mi opinión comunicaba a la acuarela toda cierto tinte de distinción y aristocracia; hasta llegué a prestarle alientos socialistas y destructores, que fuera la causa de un incendio en el hogar mancillado, un incendio purificador, vengativo; con quemaduras para la infiel y para el ministro y para todo el mundo, los bomberos inclusive. Pero la realidad se reía a carcajadas, me llamaba calumniador, novelista de pega, y desistí del incendio, me declaré por las compañías de seguros. Cómo me estorbó el maldito mechero; más de una semana interrumpió el libro, y durante ella acabé de convencerme de que lo más insuperable para el que principia —y aun para los que terminan— es pintar la verdad, la verdad honrada y bella en arte, la que rechaza falsedades y convencionalismos. La misma verdad me sacó del aprieto; en un caso análogo sucedido en Guatemala y que me contaron pormenorizadamente, una vela que agonizaba en su candelera formuló la delación con su chisporroteo de cirio funerario y su pabilo retorcido, hechos pavesas; olvidada en un comedor había ardido la noche entera, mientras a pocos pasos dos amantes se amaron. Por eso mi mechero de gas arde también toda una noche, y su flama amarillenta, en forma de abanico, que la criada apaga a la llegada de Javier, sírvele a éste de pretexto para reñir en broma a Elisa y para aclarar su desgracia. Los capítulos siguientes los escribí en pocos días, dejando de salir a paseo con Roa y con Le Brun, solo en mi cuarto, el balcón abierto, en medio de ese majestuoso silencio de las noches de Guatemala que sólo turban las pisadas de raros transeúntes, pisadas cuya resonancia se prolonga tres y cuatro calles hasta perderse de súbito.
MMLa noche que concluí “El mechero de gas” no cabía en mí de contento; leí alto las 66 cuartillas que lo formaban; corregí pasajes íntegros; redondeé otros, y lo diré de una vez, lo encontré bien ejecutado. Hay que considerar que era eso lo primero del género que me obsequiaba mi pluma; mi primer trabajo que presentaba cuerpo, por mucho que éste fuera anémico; el comienzo de mi primer libro. Que me valoricen los del gremio, los que por allí hayan pasado o estén pasando, ¿tenía o no tenía razón?

En compensación, el argumento de “La excursionista”, que es el esbozo número dos del libro, no tiene ni pizca de verdad. Lo imaginé con motivo de un suceso que pudo ser de consecuencias para México y que se verificó en la frontera del norte; una mutua demanda entre un mexicano y un individuo de Texas, un tal Cutting, que estuvo preso en la cárcel de Chihuahua, que exigía indemnizaciones y satisfacciones y que concluyó predicando en sus terrenos la invasión armada a los nuestros. Zanjado el conflicto y con aplauso halagüeño para nuestra diplomacia, quedaba, a mi entender, un campo fecundo por explotar, nuevo y oportunísimo. Inventé entonces lo de un filibustero que, disfrazado de mujer, penetra en México con el fin de palpar por sí mismo si sus muchos connacionales desperdigados en la república lo ayudarían en su empresa guerrera. Debido a la falsedad de la base en que el cuento reposa, saliome éste el más débil del volumen; y para contrarrestar sus pocas fuerzas me esmeré en que el marco y los detalles fueran exactos. Me apropié de toda una excursión de americanos, por lo cómico y lo pintoresco que en ellos abunda. Año por año y desde que terminaron el Ferrocarril Central —la primera línea que nos abrió diaria comunicación con los Estados Unidos— nos visitan a lo menos dos o tres excursiones de viajeros de ambos sexos. Llegan muchos, muchísimos, cada vez más; hombres, mujeres, señoritas, niños; hay mercaderes, padres protestantes, literatos, dispépticos y millonarios; hay misses rubias, encantadoras, que lo miran todo como si prometieran algo con el casto mirar de sus ojos azules; hay chiquitines endemoniados y blancos, vestidos de marinero, que se conducen en los hoteles y en las calles cual si estudiaran el abordaje por el sistema objetivo; hay solteronas rectas, malencaradas, la espalda tan lisa como el pecho, lo que al pronto le hace a uno dudar de si van o vienen; hay periodistas en vacaciones que nos estudian según su leal saber y entender, ¡y así nos ponen!, hay uno que otro sensato y concienzudo, y los grupos enteros son benéficos; protegen la industria, hasta la de ídolos falsificados; animan el comercio; dejan su dinero por dondequiera, sin regatear, francos, ignorantes y serios. Allá en un principio, hace ocho o diez años, no todo el mundo se aventuraba en las excursiones, eran una hazaña que pedía meditación profunda de parte de los excursionistas y casi la factura previa del testamento; la prensa de los Estados Unidos declaraba con tanta formalidad que en los caminos y ciudades de México los ladrones, los bandidos y los rateros nacían por generación espontánea y liberal, que los miembros de las primeras excursiones se nos entraron hechos unos arsenales. Todo México ha de recordar aquellas dos young ladies que pasearon las calles de la metrópoli armada cada cual con un revólver monísimo. Y resultaba triste, en la cintura de dos mujeres bellas, en el voluptuoso calor de su talle, en tuteos con el corsé y oprimidos deliciosamente por el final de sus opulentos bustos, esos dos revólveres mostrando su cañón niquelado entre las flores del pecho y la “limosnera” del vestido.
MMAdemás, y por mi condición de huésped antiguo del Hotel de Iturbide —el preferido de las excursiones— éstas quedaban a mi inmediato alcance; las observaba a cualquier hora, cuando salían, cuando entraban atormentadas con sus compras; cuando los pequeños comerciantes, los que nunca están en paz con los gendarmes, invadían el patio con loros y cotorras, con muñecos de cera, de trapo, de barro de Guadalajara; con pájaros pintados a mano que andaban por el suelo sin fuerza para tender las alas, melancólicos y mudos, martirizados de antemano por los vendedores. Y era aquél un cuadro lleno de colorido; las excursionistas de gorro y guantes en discusiones a señas; pasándose los objetos, arreglando los precios a grandes gestos sin palabras, por grupos, por parejas; los vendedores, truhanes, con guiños maliciosos, encareciendo la mercancía, aprovechando el sol para hacer resaltar colorines y plumas, mientras los hombres sentados en los sillones del salón, formando semicírculos, los pies apoyados en las columnas, mascaban tabaco, aprobaban desde lejos los contratos de sus esposas y de sus hijas, y al fin sacaban el portamonedas, hacían un recuento sobre la palma de la mano y alargaban la suma prometida, muy contentos, risueños, satisfechos, pronunciando Mécsico; poseídos del secreto alboroto de adornar con aquellas curiosidades el hogar lejano, home, sweet home...
MMQuise también pintar en mi esbozo al señorito acomodado de México, al niño fino que vive en preocupación perpetua del cuello de sus camisas, de las herraduras de sus caballos, de la librea de su lacayo, del bacará de su club y de las bailarinas del teatro. Tipo que no obstante su universalidad, difiere en pormenores debidos al medio en que se desarrolla. Cada nación los bautiza de distinta manera; en Londres se llama snob, en París lyon, en Madrid sietemesino, y en México lagartijo. Llámase así porque acostumbra estacionarse contra las paredes y vidrieras de nuestra avenida principal y estar allí una o dos horas en charla con los amigos, mirando las mujeres que pasan, fumando cigarrillos o pensando qué hará a la tarde; en una quietud y en una ociosidad sólo comparables a la de las lagartijas cuando toman el sol en los derruidos muros de las casas de campo o en los troncos de los árboles. Y tenemos el lagartijo rico, el lagartijo aficionado y el lagartijo imitación; yo copié de los primeros, porque son los que más se prestan a emprender la conquista de una extranjera, en razón de que disponen de metales. El muchacho de quien hablo y de quien digo que después de su fiasco “se retiró a la vida privada” existe todavía, aunque, por desgracia suya, continúa en la vida pública y activa.

El asunto de mi tercer esbozo, intitulado “El primer caso”, nació de la cruzada intentada por la prensa para que se admitiese a la mujer en algunas de las oficinas del Estado, correos, telégrafos, etcétera; una cruzada nobilísima, llena de considerandos humanitarios, de frases de apóstol; haciendo conocer al público la miseria en que se debate una mujer cuando no hay hombre que la ayude o la sostenga; los asesinatos que perpetra la máquina de coser; la mezquina retribución que produce la aguja; los abusos de los proveedores del vestuario de la tropa. Una grada más arriba, ocupose de las institutrices a domicilio, de las maestras de idiomas y de piano; veíaselas, al través de las letras de molde, recorrer la ciudad en sus cuatro vientos, a pie, con un mal traje para todo el año; durante el estío, diezmadas por el tifo, martirizadas por los grandes calores, y durante el invierno aprovechando el caudal de pulmonías baratas con que México regala a sus hijos en las heladas tardes de diciembre. Hubo su emoción, sus aplausos, sus arranques; así se hace en Europa, así en los Estados Unidos, ¿qué esperábamos? Y yo el primero encontré muy bien todo aquello, como en efecto lo es; pero ¿acaso por ser bueno dejan de existir los peligros que siempre ocasiona el acercamiento de los dos sexos? Mientras un hombre viva cerca de una mujer habrá deseos y tentaciones y riesgos; si son honestos uno y otra la lucha se llevará a cabo por dentro, con algún relámpago indiscreto, lágrimas ignoradas, risas extemporáneas, horas alegres y noches tristes; y si no son honestos, o aun cuando lo sean, si la pasión es de las fuertes, de las que no se conforman con engañifas ni razonamientos, caerán infaliblemente, con la falsa creencia de que el amor nos desquita y nos cura de las muecas de la vida. Si a esto se añade el contacto íntimo y diario de una oficina, la mutua libertad en palabras y gestos que consigo trae una labor común, el fastidio que flota por sobre los pupitres y por entre las rejillas de los oficinistas —los que para combatirlo aprovechan la pequeñez más nimia—, si se añaden las oportunidades que surgen a millares, los días lluviosos y la salida lado a lado; los malos humores de un jefe que reclaman la expansión y fomentan el odio sordo del inferior al superior; los almuerzos a hurtadillas; la única copa para tomar el agua; los ocios momentáneos y charlatanes; los días de pago en que el dinero parece que quisiera salirse del bolsillo; premiar un mes de privaciones y de esclavitud; cuando los casados se permiten comprar un vestido de percal para la esposa o un cartucho de caramelos para los chicos, y cuando los solteros esbozan idas al teatro, se posesionan de la corbata de a peso que lleva una semana de tentarlos detrás de los cristales del camisero a la moda, y fuman un puro de La Prueba y en La Concordia piden un café con brioche y dan al mozo una propina de plata, entonces hay que convenir en que los peligros se aumentan, se multiplican, invaden a la débil muchacha que, de pronto, ha de sentirse mal, fuera de su centro, lastimada con las brutalidades masculinas, hasta que se hace a ellas y les encuentra atractivo y desvanecida resbala entre los brazos de un jefe calavera o de un compañero pervertido. Mi error, si acaso, consistió en adelantar los sucesos, en dar por hecho lo que sólo fue un proyecto; sírvame de abono uno que otro descalabro de ese género, narrado en corrillos y con pormenores picantes, de maestras municipales consagradas por igual al cultivo del amor y al pastoreo de la infancia. No me importa que de veras hayan sucedido o no, bástame que el público creyera que sucedieron y, sobre todo, que sean posibles, que las premisas sean reales y sólidas.
MMPara los accesorios del esbozo, vale decir, para pintar los inconvenientes del acercamiento de ambos sexos, no hice sino acordarme de las cátedras de telegrafía, galvanoplastia, etcétera, de nuestra Escuela Preparatoria; de las de obstetricia en la de Medicina, a las que asisten señoritas. A pesar de que dentro de clase el orden y el respeto son absolutos, cruzan de tiempo en tiempo miradas que acarician, que ceden y que protestan; y más de un estudiante habrá perdido el curso por ganar el corazón de alguna condiscípula. Si en aquel entonces hubiera sabido ya los estragos que en las escuelas europeas hacen las pasiones de sus alumnos; si hubiera sabido cuántas de las rusas nihilistas que concurren a la Sorbona, por ejemplo, han puesto fin a su desgracia en las mansas aguas del Sena o han perseguido al amante olvidadizo y ligero por las “casas amuebladas” del barrio latino, no habría yo tenido vacilaciones y habría hecho más hincapié en lo de los peligros de las oficinas; pero los dramas que en las de Europa y en las de los Estados Unidos se verifican sin que la estadística los divulgue ni prostituya, no los supe hasta muchos años después.
MMPor último, y para dar vida a la familia de don Isaac Cortijo, me fue suficiente revivir a cualquiera de las familias pobres que son el excedente de todas las ciudades, ¡he conocido tantas! Me fijé en una, un matrimonio y dos hijas, de dieciocho años la una y de catorce la otra; el padre, con un empleo mísero, la madre enferma; viviendo todos en humildísima vivienda de populosa casa de vecindad; el patio empedrado, con su caño en el centro, descubierto y sucio; contra los guijarros, camisas recién lavadas, con los brazos extendidos, como persona desmayada en su caída, y gallinas hambrientas y muchachos desarrapados; la escalera, a la intemperie, un Niágara de agua negra en la época de lluvias; los corredores de la vivienda, grises y desconchados. Aún veo la sala, desnuda, los ladrillos del piso rojos a fuerza de fregarlos; un sofá de crin, con barrancos alpinos en el asiento, una pata de menos y apoyado contra la pared; media docena de sillas de tule; junto al balcón, las muchachas sobre sus bastidores, aprovechando para los bordados la última claridad del crepúsculo, y encima de la consola, también de pino, un cuadro de canevá con vidrio que representa un perro de lanas multicolores, con esta inscripción al pie, hecha de letras doradas y de imprenta: “A mi adorado papá en el día de su santo”.
MMDe ahí saqué a mi heroína, de ese medio sombrío, sin apiadarme de su virginidad. Interrumpí su bordado, la arrebaté a sus padres; dejé a éstos a medio concluir la novela sin empastar de Pérez Escrich que les prestaría el vecino de la “principal” y que leerían por la noche, a la macilenta luz de una vela de sebo; la arranqué de su única distracción: asomarse los domingos al balcón, sonreírle desde ahí a un novio anónimo que la haría soñar con el casamiento, con su casita “suya”, con los chiquitines que la llamarían mamá y a los que ella querría con toda su alma...

Al cuarto esbozo lo apellidé “Uno de tantos”, porque el artículo de que me ocupo abunda más de lo que fuera de desearse. Esos cariños por las actrices francesas que nos visitan una vez al año se generalizan hasta alcanzar las proporciones de positiva epidemia; diríase que México es una de las islas novelescas que carecen de mujeres y a donde, con caridad intermitente, arriban barcos cargados del delicioso fruto que, de Adán acá, remueve todos nuestros apetitos; tal es la precipitación de los elegantes en adquirirlos y disfrutarlos a cualquier precio, sin reparar en los desperfectos que traen consigo, desperfectos del camino, de los años, de su ninguna higiene. En nada se repara; ¿es mercadería de París, cómicas francesas?, y se hace agua la boca, se exponen la salud y la fortuna, se corre tras ellas con ceguedad de hambriento y liberalidades de millonario. Por supuesto, son las coristas las que mejor resisten el asalto por ser las más en número y las que exigen menos; las primeras partes se las reservan los audaces y los adinerados. Yo las conozco al palmo, lo mismo a las unas que a las otras; en mi amor por los escenarios y en mis cinco años de periodista las traté diariamente en el hotel, en la redacción, en los ensayos y en los entreactos; poseo, con autógrafos, los retratos de la Judic, de la Théo, de la Pirard; les consagré críticas galantes, ramos de flores baratas y, Dios me lo perdone, ¡hasta versos! Por la Théo me firmaba La Cocardière en recordación de una de las obras que representa con mayor gracia: La jolie parfumeuse; a la Judic casi la privo sin quererlo de una perra diminuta que le habían regalado y a la que ella dio el pomposo nombre de Marquise, resbalóseme de entre las manos y se le torció el cuello con el golpe; a la Pirard la seguí hasta Puebla, como pretendiente, formando un grupo de familia ella, su padre y yo. Era belga esta última y aproveché su nacionalidad para mostrarle el orgullo de esa ciudad heroína: los fuertes de Guadalupe y de Loreto que doblegaron al pabellón francés en la jornada memorable del 5 de mayo del 62. ¡Benditos fuertes! Resistiose el padre de la Pirard a subir a ellos —la ascensión es penosa— y ella y yo trepamos de la mano, riendo de las piedras, arrancando rosas, la mañana fresca, el sol acabado de despertar. En una de las fortalezas tomamos resuello sentándonos en uno de los antiguos cañones españoles que sirven de cabalgadura a los hijos del guardián; la esposa nos vendió dos vasos de leche; se oía el canto de un gallo oculto; una vaca con la cara vuelta hacia nosotros rumiaba yerba, y nos miraba, nos miraba con sus ojos grandes y tristemente curiosos. Le expliqué la batalla a la artista. Recorrimos el fuerte medio derruido y apoyados en un bastión le dije que allí había estado el coronel fulano y que yo estaba en Puebla porque la quería mucho; tonterías que la hacían reír, azotarme el rostro con una rama, y que de cuando en cuando le coloreaban la cara defendida con un velito blanco y las grandes alas de su sombrero de paja. El viejo se impacientó, nos llamaba con el pañuelo, y en el descenso, junto a un árbol, sin que supiéramos cómo, perdió ella un beso que yo encontré acurrucado entre mis propios labios...
MMCon coristas he cenado más de veinte veces, allá en los gabinetes altos de La Concordia, las he oído hablar de grandezas, las he visto dárselas de modales elegantes, distinguidos, y romper una ensaladera o derramar el vino sobre los manteles; las he visto frente a los escaparates de las joyerías hacer cálculos con los dedos y robos con la mirada; las he oído en los ensayos formar alianzas defensivas, pasarse el cliente que paga bien, hablar pestes del que paga mal. Y no me indignaban, ¿por qué? En su crasa ignorancia, figúranse un viaje a América como una enormidad; nos creen con plumas y nos hallan con billetes de banco; nos suponían salvajes y nos encuentran de frac, tratándolas con más finura que sus amantes de la Villete o de las fortificaciones, y claro, la noticia circula, se hace público que América enriquece y con cada compañía nueva de opereta se nos cuela una nube de langosta de gorro y guantes.
MMEl “caso” que yo pinto es exacto, exceptuando la ida de Carlos a una casa de juego, que no garantizo, pues no me consta. Necesitaba llevarlo para justificar el que nada obsequie a la diva en la noche de su beneficio y también para poner de manifiesto que era un “carácter” más dispuesto a seguir la buena vía que la mala. El resto es fotográfico; la ida a los toros; la discusión acerca del sexo de la perrita; la borrachera en el restaurante; la noche del beneficio con la música militar en el peristilo del teatro, éste colgado de banderas y coronas, la enorme cantidad de regalos; los celos brutales del corista hombre por las infidelidades de la corista mujer; la acogida halagüeña de que disfrutan los periodistas, todo es cierto, todo está tomado del natural.
MMVarié el fin de la aventura debido a que me parece más lógico el que yo le di que el que tuvo; es más propio, en efecto, que una de esas mujeres no dé a amorcillos que cosecha en sus viajes una importancia extraordinaria; que se entregue con mayor o menor dosis de capricho al amante de paso como habita el hotel, sabiendo que es por pocos días y procurando, en consecuencia, sacarle todo el jugo posible. Después, se paga la posada y se dice adiós al enamorado; una y otro la acompañaron, le dieron lo mejor que tenían; la posada, el cuarto con balcón a la calle, con los muebles de lujo, y el enamorado la cartera con sus billetes más gruesos, el corazón con sus latidos vírgenes y su sed de afecto. El mar, el camino, las ciudades nuevas le amortiguarán el recuerdo, le harán confundir las caras de los vivos con las caricias de los muertos...
MMEn esta ocasión falló la lógica; yo vi en la estación, al partir el tren, que la diva y Carlos se abrazaron delante de todo el mundo, conmovidos, diciéndose algo al oído, y cuando levantaron la cara, en la de ella había lágrimas y en la de él amor y sufrimiento.

El esbozo “Vendía cerillos”, con que termina el volumen, estaba destinado en un principio a ser el cuarto; pero me salió tan a gusto, lo escribí con tanto cariño, que le designé el último lugar para que el lector, si conmigo opinaba, conservara la mejor impresión posible de mi libro y, por otra parte, para no dar a éste proporciones demasiado grandes. Y lo que sucede siempre; lo que el autor ama la crítica lo detesta; en México lo encontraron romántico y falso y aquí en Buenos Aires, falso y romántico. En cambio, tengo a mi favor algunos llantos femeninos que yo sé derramados en holocausto de mi pobre fosforero Sardín y la satisfacción íntima de que a mí la historieta continúe gustándome como obra ajena.
MMLa genealogía de mis dos protagonistas es muy poco complicada, callejera y vulgar; son dos chicos nacidos de la tierra, que viven en las calles y mueren en la sombra; el varón vende fósforos, periódicos, reparte programas de toros, revende contraseñas de teatro; la hembra vende flores y billetes de lotería; entre los dos no alcanzan treinta años. No tienen apellido porque no tienen padres, y la rara vez en que éstos aparecen hasta ellos los explotan y los martirizan; son, en fin, dos miembros de ese batallón de infantes que existe en todas las ciudades y que nos persigue, nos importuna con los diarios, con los fósforos, con su industria.
MMEl original de que me serví para modelar a Sardín, llamábase Ismael Millán, y digo llamábase porque ignoro qué habrá sido de él. Poseía apellido casualmente, catorce años de edad, un traje de harapos, talento y un sombrero de palma; no poseía zapatos, ni moralidad ni instrucción; los días en que empleaba el agua veíase bello, triunfaba la infancia al través de sus arrugas prematuras de perdido, y la infancia será eternamente bella; los días en que no se lavaba, que eran los más, su aspecto no era seductor, parecíase al de sus compañeros, negro, sucio, repulsivo. Tenía Ismael un débil aristocrático: los cigarrillos habanos; preferíalos a una propina de cobre, los fumaba con delicias de sibarita y con gestos de refinado, aislándose en la puerta de un café o en el banco de un parque. Iba todos los días al Café de Iturbide, con otros cinco o seis desharrapados que evacuaban nuestras comisiones galantes: llamar un coche, entregar un ramo, vendernos una “vuelta” de teatro, prender un cerillo al aire libre para que encendiéramos el cigarro. Ismael fue simpático; su viveza, sobre todo, me cautivó, y lo declaré mi edecán; en aquella época no podía permitirme mayores lujos. Servíame a maravilla, conocía a mis conocidas, encontrábame en cualquier sitio, sabía quiénes eran mis amigos, cuál mi trabajo, cuáles mis costumbres y aun alguna ocasión se atrevió a violar la consigna del hotel y se entró a mi cuarto, jadeante, espiritual y hablador. Comencé a protegerlo, pues sólo un ser así podía utilizar por entonces mis protecciones. Lo hice repartidor de planta de El Diario del Hogar y renunció a poco; conveníale más la venta libre, sin responsabilidades ni tanto por ciento. Cuando Isidoro Pastor montó una zarzuela de aparato en que figuraba un océano le conseguí un papel que le encantó: ¡hizo de ola!, metido debajo de una tela y dando saltos a su capricho, con otros individuos, para simular el oleaje. Ganaba una peseta por cada representación y quedó ya de artista; el empresario bien podía ocuparlo en las piezas que reclaman niños, y así acaeció en efecto. Era tan tunante y me agradeció tanto mi intervención que solía exclamar cuando yo le oía:
MM“¡Al señor le debo mi carrera!”
MMEn lo íntimo me llamaba “niño”. Sospeché que se torcía, pues una noche que pasaba yo por el Portal del Coliseo Viejo, presencié una cosa que no entendí de pronto. Junto a una de las alacenas en que venden panes rellenos y cenas acartonadas y frías, el dueño había cogido de las orejas a un granuja que chillaba; el dueño debía estar furioso, repetía las frases de “ladrón”, “sinvergüenza”, “canalla”.
MM—¿Qué le ha sucedido a usted? —le pregunté acercándome.
MM—¡Pues una friolera! Guardaba yo en un rincón los pescuezos y las cabezas de las gallinas que mato para mi comercio, significaban mi cena, y desde hace dos semanas que noche a noche desaparecían, sin ruido, como si se las llevaran los ratones. Hoy he pillado a este ladrón cuando robaba, y no lo suelto hasta que no venga el gendarme.
MM—¿A cuánto asciende la pérdida?
MM—Serán tres reales —repuso después de un cálculo mental.
MM—Si se los doy a usted, ¿quiere usted soltar a este muchacho?...
MMEl muchacho era Ismael, mi edecán. No me dio las gracias, me acompañó hasta la plaza, caminando a mi lado, sin chistar. Al separarse, no pude evitarlo, me besó una mano y por la cara le resbalaban lágrimas, lágrimas que vi brillar con los reflejos de la luz eléctrica.
MMLo perdí por diverso tiempo, y otra noche se aproximó a saludarme, cual si surgiera de las piedras.
MM—¿Dónde has estado?...
MM—Niño, he estado en la correccional; le juro a usted que ha sido una injusticia. Nunca he vuelto a robar... ni volveré.
MMEl chico decía verdad, la sentí y quise premiarlo.
MM—Vete a tomar café, guarda esta peseta.
MM—¿Me permite usted que lo tome a lo decente?...
MMSubiose al pescante del coche que nos conducía a un amigo y a mí. En la puerta de La Bella Unión no lo dejaban entrar. Intervinimos y se instaló ante una mesilla de mármol, pegó en ella un manazo y pidió café. Echábale el camarero miradas de basilisco, mas tuvo que servir al parroquiano. Y cuando concluyó Ismael, sacrificó la peseta toda, peseta que con su ingenio le representaba muchas cosas; pero eso sí, se pagó un capricho de monarca: tutear al camarero, a la clase a que éste pertenecía, vengó antiguas expulsiones y puntapiés antiguos.
MM—¿Cuánto debo? —preguntó secándose la boca.
MM—Un real, ¿No lo sabes acaso?...
MM—Es cierto, ¡puedes guardarte de propina el que te sobra!... Y atravesó el salón orgulloso, sonriente y descalzo, silbando un trozo de zarzuela en que había hecho de ola.
MMDesde aquella noche determiné escribir su biografía, tanto más cuanto que le conocí su primer amor, una chiquilla despabilada y perversa que si no ha parado en lo que yo la hago parar, será por un milagro inexplicable de casualidades. Prometía ser linda e Ismael la adoraba; me consta por sus confidencias y por haberlos sorprendido en dos o tres reyertas al aire libre. La crítica me ha echado en cara el suicidio de Sardín sin otra razón que la de ser un pelagatos incapaz de amar hasta el sacrificio, según ella, según yo, no. Mi Sardín pudo muy bien suicidarse por amor, aunque no se llame Werther o René, aunque no supiera leer ni escribir, ¿por ventura el corazón entiende de letras?, ¿por ventura los fosforeros carecen de corazón? El que de veras quiere, hombre o mujer, pobre o rico, ilustrado o ignorante, corre idénticos riesgos; si se ve correspondido, poseer la gloria; si engañado, apurar los infernales tormentos del desengaño que trae consigo, entre otras cosas, el homicidio, el suicidio del cuerpo o lo que es mucho peor, ¡el suicidio del alma!
MMExcusado agregar que la vida de esas desdichadas criaturas la aprendí de buena fuente, de la boca misma de Ismael, pulimentando la forma pero sin suprimir o aumentar nada de mi cosecha.
MMEl libro concluido, ordené la impresión, ayudado de don Ramón Uriarte, director de La Bandera Nacional.
MMTipográficamente hablando no me satisfizo, habría podido hacerse algo mejor, pero ¿qué me importaba? Había tres mil ejemplares nuevecitos, apilados en la legación y cada uno de ellos, aunque mudo e impasible, anunciaría a la fuerza una nueva adonde quiera que llegase: “¡El aparecimiento de un literato más!”