inicio 1922-2000
     
 

EL NOVELISTA Y SU AMBIENTE [II] (FRAGMENTO)*

 

Mariano Azuela

 

Reconozco también que el truco en la novela es tan importante como en la prestidigitación y el ilusionismo. El novelista y el prestidigitador trabajan para el gran público y éste es tornadizo, caprichoso y exigente. Si el ilusionista no cuida de renovar oportunamente sus brujerías, el día menos pensado encuentra su salón desierto y la taquilla vacía. El novelista vive bajo la amenaza constante de que las ediciones de sus libros se queden vírgenes en las bodegas de las librerías y de que éstas le cierren las puertas si no renueva sus procedimientos de exposición y forma.
MM“Toda forma artística —dice un escritor francés— es una expresión de nuestra vida intelectual y emocional. Esta vida es un juego de formas creadoras que cambia incesantemente. La aparición de nuevas formas en el arte significa el despertar de nuevas sensaciones, una transformación en el pensamiento y en el sentimiento, y la creación de algo nuevo siempre necesita no el enriquecimiento, sino la disolución, la fusión de algo que ha tenido existencia anterior”.
MM”Por individual y original que el artista pretenda ser —escribe Armand Pieral— será siempre el resonador, una harpa eólica que vibra a los vientos del suceso actual, un espejo de las contingencias del momento”.
MMPero si hoy leemos a Huxley a Faulkner o a Wassermann, por ejemplo, de preferencia a Dickens o a Balzac, esto no significa superioridad de aquéllos sobre éstos, sino simplemente que sus temas y formas de expresión se ajustan con más acierto al gusto y sensibilidad de nuestro tiempo, corren paralelamente con las corrientes espirituales de hoy y plantean los problemas que nos atraen. Pero no es improbable que dentro de cien años o menos quizá resulten tan manidos como en nuestros días Lamartine, Jorge Sand, etcétera, y que sus altas lucubraciones filosóficas, sus atisbos de sociólogos y psicólogos sean tan soporíficos como para el lector de hoy las disertaciones y discursos de nuestro don José Joaquín Fernández de Lizardi.
MMAcertar con las nuevas tendencias es el afán que impulsa de vez en vez al novelista a dar un nuevo viraje en su técnica.
MMDe tiempo en tiempo aparecen escritores geniales que, anticipándose a su época, abren caminos nuevos, rompiendo moldes gastados como en los casos típicos de Balzac y de Proust, y que no llegan a imponerse totalmente sino después de su muerte, detenidos por la rutina —no de los lectores, sino lo que es más triste— de los críticos tradicionalistas y miopes incorregibles. Pero como los genios no son como las cucurbitáceas, el escritor común acude a cuantos trucos se le ocurren para cumplir su oficio, a menos que se satisfaga con ser el único lector de sus obras y no sienta por lo mismo la necesidad de estar a tono con el momento ni de someterse a las exigencias naturales del lector.
MMMuchos, más mañosos que inteligentes, recurren a las fuentes por viejas ignoradas y en ellas se renuevan, dando el timo con su traje ajeno y remendado. Los más, por pereza o impotencia, siguen servilmente los caminos ya abiertos y engañan con facilidad a cierta clase de público —no escasa a la verdad— que no tiene ni la cultura ni la capacidad suficientes para discriminar un original de sus copias. ¿Qué pintamonas de hoy no se ufana de construir caballitos de Chirico o hace marañas creyéndose un Orozco?
MMEl elemento inventivo constituye la base de la novela. Historia, biografía o memorial son para el novelista factores importantes de que suele servirse como truco para llamar y mantener en alerta la atención de sus lectores; pero su historia, su biografía y su memorial serán simple y llanamente novela. Maestros en estas variedades fueron Marcel Proust y Stefan Zweig. Documento y creación se integran en estas obras en tal forma que la falla de uno de sus factores redunda en el fracaso total del todo.
MMEl hecho real escuetamente referido quizá pueda interesarnos por el solo hecho, pero el inventado dicho en la misma forma no nos importa. ¿Qué interés puede tener para mí lo que le suceda o pueda sucederle a la señora X o al señor Z, productos de la imaginación del escritor N, si me lo refiere como la nota de gacetilla del diario de la mañana? La magia del estilo, de la palabra escrita, debe captarnos de tal modo, que nos obligue a pensar, a sentir, a convivir con gentes, cosas y sucesos que aparentemente nos rodean, pero que exceden en mucho a lo que a diario estamos viendo, oyendo, palpando y sintiendo. Pero esta ilusión sólo puede realizarla el novelista auxiliado por hábiles y oportunos cambios de formas.
MMSe comprende entonces ese afán incontenible de renovación y técnica, sobre todo en los jóvenes, que promueve audacias inesperadas. Somos testigos de que en las escuelas literarias en boga dominan ímpetus tan violentos y desorbitados que no sólo se llega al extremo de justificar el robo, el asesinato, la violación, las perversiones sexuales, los crímenes más repugnantes, sino que se intenta hasta su glorificación. A menudo, es cierto, tales afanes sólo sirven para que sus autores se arranquen su máscara y revelen sus lacras, sus fallas personales, como víctimas de una repulsa general.
MMTemas tan viejos como las más viejas culturas se desentierran y se nos exhiben como la última novedad de la hora, sin pensar que si en civilizaciones nacientes son el reflejo de su vida exuberante, lujuriosa y embriagadora, expresiones de salud y belleza de adolescentes, en nuestros tiempos gastados, bien marcados además por veinte siglos de cristianismo, sólo son señales evidentes de degeneración, y que si para ciertos espíritus, para las minorías de esnobs tienen el perfume de flores exóticas, para los sanos de alma son estercolero y pudrición.
MMSólo el poder del genio tiene derecho a romper diques: si rendimos pleitesía a un Proust o a un Gide, sin preocuparnos por su vida íntima, nos llevamos el pañuelo a la nariz con los imitadores ramplones de Sartre por ejemplo.
MMLos países en incipiente proceso de cultura como el nuestro no tienen necesidad de recurrir a trucos ni mistificaciones, porque todo lo nuestro es virgen y todo nos atrae. Cualquier novelista de América nos interesa si tiene el talento necesario para darnos una imagen fiel de su país sea cual fuere la técnica que use. Y por eso nos resultan tan mal ciertas obrillas pretenciosas y tontas con pujos de existencialismo, superrealismo y demás ismos de moda, que en realidad no son sino torpes imitaciones de las literaturas europeas de decadencia.
MM“No existe una buena novela —escribe Somerset Maugham― en la que no hay que ser bastante sencillo a fin de que cualquiera persona de mediana cultura e inteligencia pueda leerla con facilidad, y el estilo debe ser bueno además, aunque con la salvedad de que los cuatro novelistas más grandes del mundo, Balzac, Dickens, Tolstoi y Dostoievski escribieron muy medianamente sus idiomas”.
MMNo me arrepiento de las incursiones que hice en este campo de la novela porque aprendí muchas cosas: primero a medir la distancia entre un Gracián, un Quevedo y un Paul Valéry con la legión de los que los imitan: en segundo lugar enriquecí mis útiles de trabajo. Pero si a trucos vamos, prefiero los que se ejecutan con los brazos remangados a los que se realizan con muchos aparatos y ayudantes, con trajes muy vistosos, etcétera. Tarea mucho más trabajosa es escribir con sencillez y claridad, manteniendo viva la atención de los lectores que treparse en un banco de la plaza pública y hacer piruetas de merolico.
MMEstoy hablando de determinada clase de novelistas con determinada clase de público. Ahora quiero agregar que las cosas pasan de otra manera en un medio diferente: el de novelista y público selectos. Porque no hay que dejarse engañar por las apariencias y puntualizarlo todo es mejor. Como el prestidigitador que para acabar de embobar a su público le muestra sus trucos —que no son sino habilidad de manos paciente y trabajosamente adquirida— que en vano éste intentará imitar, el novelista puede explicar su técnica que en vano tampoco podrá imitarle sino otro novelista. Porque no todo consiste en tergiversar palabras y vocablos, oscurecer conceptos y enmarañar cosas, sucesos y personas, como se compone un rompecabezas. Al primer intento, en efecto, el lector desprevenido se desconcierta en absoluto desde las primeras páginas del libro: gentes, cosas y sucesos se le ofrecen en forma tan enrevesada que se sentirá tentado a desecharla desde luego como producción de un cerebro anormal, beodo, mariguano o loco. Pero si se toma el trabajo de meditar, de detenerse en los pasajes más oscuros, de estudiarlo todo de cerca y con acuciosa mirada, experimentará análoga impresión al del melómano escuchando por primera vez una obra que sólo después de repetidas audiciones permite descubrir la belleza de sus temas. A menudo he oído juicios tan disparatados como el de un pianista sin sentido musical que afirmaba que cualquiera que se sentara al piano a mover sus teclas hacía música moderna. Tal miopía mental debería corregirse por el simple hecho de que las novelas cuajadas modernas, digamos las de Faulkner o de Virginia Woolf, no sólo merecen la atención sino los más calurosos aplausos de lectores que no son bobos fáciles de embaucar.
MMLa apariencia de jeroglífico lleva un sentido profundo, pero inacostumbrado y sólo por ello desconcertante. Un ejemplo aclara mi pensamiento. Supongo que acabo de llegar a un pueblo que me es desconocido y sobre el que no tengo ningunos antecedentes. Me encuentro con personas que llevan sus propios nombres, de edades, costumbres y condición social distintas; sucesos que están comenzando, que se desarrollan o terminan, cosas que parecen no guardar relaciones algunas entre sí; pasiones que no me explico. A medida que pasa el tiempo me voy enterando del sentido que existe en cuanto se remueve ante mis ojos y llega el momento en que no sólo comprendo el mundo en que estoy viviendo sino a mí mismo ya como parte integrante. Es exactamente lo que nos ocurre en la novela moderna: un paso más en la realidad, un paso más allá del mundo de las apariencias en que se ahonda en las profundidades llegando hasta sus raíces más finas. Sí, éste no es un cosmos que sólo es producto de la imaginación calenturienta del escritor —como muchos tontos o miopes lo dicen— sino la realidad en regiones aun inexploradas o que se comienzan a explorar.
MMEs un fenómeno de la evolución general en el que los autores de vanguardia y de genio saben anticiparse a su tiempo, siendo por lo mismo comprendidos sólo por minorías selectas. Tales fueron los casos de Stendhal, de Proust, de Balzac y qué más decir, del mismo Cervantes, desconocidos o aun negados por muchos de sus contemporáneos y no comprendidos en todo su valor sino después de su muerte. He dicho evolución y no revolución porque todos siguen la misma línea trazada por los viejos maestros, no importe que muchos de ellos, como Marcel Proust por ejemplo, la nieguen.
MMEn la novela tradicionalista el protagonista es tan indispensable como en el teatro antiguo las unidades de tiempo, lugar y acción. En la moderna no hay protagonista, mejor dicho, cada personaje, cada cosa y hasta el autor mismo son protagonistas. Esto irritará seguramente a ciertos jóvenes megaterios que leyeron a Horacio y creyeron leer a Shakespeare.
MMConceptos nuevos exigen formas nuevas de expresión, pero dar éstas a lugares comunes y vulgaridades es idiota. Tanto como vestir a una momia de seda a la última moda. En este escollo se estrellan ineludiblemente tantos imitadores ramplones de la novela moderna y tantos farsantes de la literatura. Sugiero un medio infalible para discriminar la paja del grano: toda novela moderna que no sólo admite sino exige una segunda lectura, como la música selecta repetidas audiciones para descubrir los tesoros que apenas se vislumbran al primer golpe de vista, es seguramente de primerísima calidad; las que no incitan siquiera a esta prueba, sin vacilación se las puede arrojar al cesto.
MMInsisto en afirmar que la falta de lógica que nos sorprende e irrita es un engaño; en realidad, es la revelación de nuestra ignorancia de esa lógica superior que impera en cuanto trasciende de nuestros sentidos; esa lógica movediza y cambiante siempre de la vida. Captamos los hechos que estamos observando y desde el momento mismo en que nos ponemos a darles forma de palabra o por escrito aparecen deformados por la supresión consciente o inconsciente de infinidad de elementos que nos parecen redundantes o que sólo sirven para oscurecer la narración. Esto es lo que no hace o no quiere hacer la novela moderna; su intento es darnos en masa el conjunto en totalidad, lo que explica lo intrincado y oscuro que observamos en las páginas primeras. Pero el buen observador a medida que progresa en la lectura se da cuenta de que lo que le pareció juego de palabras, malabarismo y pirotecnia de frases, embrollo de conceptos y pensamientos, tiene un sentido profundamente arraigado en la realidad. Y cuando sospecha esto es cuando ha encontrado el camino.
MMPero sólo hemos tocado la superficie del tema: la riqueza de esta técnica novelística es muy grande para una simple lectura. Sólo quiero agregar que hasta para los buenos talentos presenta sus peligros análogos a la mera literatura —que no es novela— donde naufragan tantos. El peligro es caer en el narcisismo estéril: el autor se coloca en postura de auto-admiración desde el momento en que olvidándose de sus personajes, ambiente y tema, se dedica a hacer frases ingeniosas que demuestren su capacidad, cosa que no le importa nada por cierto al lector, a Dios ni al diablo.